martes, 19 de marzo de 2013

HACIENDA DE LOS JESUITAS


“Esta hacienda fue creada en 1639, adquirida por los Jesuitas por compra a los encomenderos españoles, esta hacienda estaba destinada a abastecer y dar renta al Colegio de Tunja. Se entiende que por aquel año de 1639, cien años después de haber sido visitada la región por los exploradores españoles que  comandaban San Martín, Los Jesuitas fundaron en Lengupá y con este mismo nombre hacia las márgenes del Río Grande, como lo llamaron los españoles, en la zona que hoy comprende la vereda de Centro en el municipio de Berbeo, una gran hacienda que constituyó el primer núcleo de población de esta provincia. La hacienda ocupaba una basta extensión, que abarcaba todo el territorio de lo que hoy es Berbeo y además, se extendía sobre la margen occidental del río, o sea gran parte de la zona que hoy comprende el municipio de Miraflores.

Alrededor de esta hacienda se fue desarrollando una agrupación urbana y rural que terminó por convertirse en la primera parroquia, la que también recibió originalmente el nombre de Lengupá. Más tarde se le llamó San Fernando (su nombre completo era San Fernando de Aguablanca) y finalmente Berbeo con los dos últimos nombre ha existido el municipio. La inicial Parroquia de Lengupá era tan extensa que muy pronto se hizo necesaria dividirla en dos curatos: el de Lengupá, donde estaba su asiento principal (hoy Berbeo), y el de Miraflores, que apareció inicialmente como viceparroquia de aquel. La Hacienda Lengupá tenía su cría y engorde de ganados, trapiche, cultivos de caña, plátano y algodón. En ella los Jesuitas habían introducido negros sometidos aún a la esclavitud, la que perduro, como se sabe, hasta 1850 en Colombia, cuando fue abolida bajo la administración de José Hilario López. En 1761 el padre Basilio Vicente de Oviedo escribe su obra “Cualidades y Riquezas del Nuevo Reino de Granada”, en la cual describe así el curato de Lengupá, distinguiéndolo del de Miraflores que para entonces ya existía, pues éste había sido fundado en 1743. Los Jesuitas practicaron la esclavitud negra, tanto que se ha dicho que fue una de sus mayores inversiones. En la
Nueva Granada, en su cien y más haciendas, el total de esclavos que tenían a su servicio llegaron a 1722, repartidos especialmente en las haciendas productoras de cacao, caña y en las ganadera. Por eso no faltaron tampoco en la hacienda Lengupá, en número que ascendió a 52 en el año de 1767, año de expulsión de los Jesuitas del territorio nacional.
La de Lengupá era una de las 22 haciendas jesuitas que se dedicaban a la explotación ganadera combinada con los cultivos de caña de azúcar y algodón. Según lo refiere el padre Jerez en sus escritos sobre el siglo 18, se registraba en los libros de “una bien llevada procuraduría”. La misma hacienda contaba para 1767 según los inventarios de aquel año, practicados al pasar a poder del Virreinato con 1.391 cabezas de ganado vacuno y caballar superaba a las de Firavitoba, Paipa y Tuta. Una de las estancias de la hacienda se llamaba Las Cuadras, en la que según refiere el mismo Padre Jerez, tenían numerosas tiendas para la venta de los artículos cultivados. Dice así: “En ese Lengupá, en la estancia de Las Cuadras, será donde se tenían 29 tiendas en la plaza mayor de ella, para la venta de productos”.

La Hacienda Lengupá contaba con una gran casa de campo, molino, calera y batán, según consta en acta de visita practicada el 15 de Noviembre de 1766. Era una casona amplísima, con medio patio, caballeriza, huertos y sector destinado a los esclavos, estrechas y oscuras. Pero los Jesuitas, si bien explotaban la esclavitud, no era excesivos en el trato y en los castigos que proporcionaban a la negrería importada. A pesar del tiempo transcurrido más de tres siglos, aún se conserva en su estructura básica. La “Hacienda”, simplemente, le sigue llamando y hasta hace apenas 30 años todavía se hacían en ella los oficios religiosos de la Semana Santa.
Como todas las haciendas de los Jesuitas, la de Lengupá estaba gobernada por un hermano coadjutor, o administrador, quien rendía cuenta anualmente al Rector del colegio de Tunja con ocasión de los ejercicios espirituales, sobre la marcha de su gestión. Esa labor del administrador estaba asesorada principalmente por un Procurador, quien llevaba la Personería Jurídica de la Hacienda, vigilaba a los mayordomos, a los indios y a los esclavos para evitar sustracciones y molicie, intervenía en la venta de los productos de la Hacienda, buscándoles mercado. El intercambio comercial era practicado por los Jesuitas a gran escala dando así desarrollo a la tierra y valorizándola. El control contable que se llevaba en esta como en las demás haciendas era impecable. Llevaban riguroso libro de entradas y gastos, libros de inventarios, libro de observaciones a todas las organizaciones económicas de la época. Expulsados los Jesuitas en 1767, una Real Cédula de ese mismo año dispuso la venta de los bienes que poseían en América, pero entre tanto las autoridades españolas asumieron la administración de las haciendas, la que les resultó imposible ante la incapacidad para mantener la misma técnica y disciplina. En vista de esta situación, agilizaron su liquidación, dividiendo las haciendas y dando facilidades de crédito garantizados por censos redimibles a los particulares que quisieran adquirirlas. Otras veces se apeló al sistema de remates. De todos modos las ventas fueron lentas dadas la escasez de capitales, los principales adquirentes fueron las personas que tenían propiedades aledañas.
La Hacienda Lengupá fue también loteada y vendida. Uno de sus compradores, el más importante al parecer, fue Don Francisco Javier de Rojas, cuyo apellido españolísimo lo denuncia como un ibérico de cepa. Don Francisco, casado en esa región con Doña Manuela Ramírez, fue el padre del futuro parlamentario, político, educador, abogado y filósofo, liberal, Doctor Ezequiel Rojas, maestro indiscutible de la generación radical colombiana. La tradición oral afirma que el hijo José Ezequiel nació en la Hacienda que Don Francisco Javier tenía mediante dicha adquisición. Para entonces, esto es, para 1804, fecha de aquel nacimiento, el actual territorio de Berbeo hacía parte de la comprensión municipal de Miraflores. Otro pariente, Don Ignacio Javier de Rojas, poseía tierras en Zetaquira, y uno más Don Juan de Rojas, era rico propietario en la vereda de Buenos Aires, en Miraflores.
Los Jesuitas abandonaron, pues a Lengupá en 1767, es decir, 128 años después de haber llegado, en virtud de la expulsión dada por Carlos III. Los territorios de su hacienda fueron incautados por el gobierno español, como está dicho, y los de misiones que ocupaban fueron repartidos entre Dominicos, Agustinos y Franciscanos, por disposición del Virrey Pedro Mesía de la Cerda, dada el 18 de Agosto de dicho año. Quedaron en la región de Lengupá los plantíos de caña de azúcar, el trapiche, los ganados y especialmente el conocimiento de nuevas actividades agropecuarias y de nuevos métodos de trabajo. El latifundio siguió siendo la norma general, pues las grandes extensiones que poseía don Francisco Javier de Rojas fueron vendidas años más tarde a Don José Joaquín de Acosta y Berbeo, cuando aquel murió y su familia emigró a Bogotá, hacia la primera década del 1800.
De igual manera, numerosos españoles y criollos unas 5 centenas entre ellos algunos sacerdotes adquirieron sus lotes en la Hacienda que se remataba, entre finales del siglo XVII y mediados del siglo XVIII, en terrenos que hoy son de Zetaquira, Miraflores y Berbeo, imprimiéndole así un especial sello peninsular a la inicial población de Lengupá. También el Convento de Franciscanos de Tunja compró y mantuvo varios terrenos en este valle, entre ellos el que más tarde iba a ser señalado como sitio para construir la iglesia y el pueblo de Miraflores.
Poco a poco la región entera se fue llenando de múltiples trapiches movidos por los nativos, con ayuda de bueyes, como en la época de la hacienda Jesuita, y de cañadulzales que inundaron el ambiente con su fresco aroma. Las montañas empezaron a ser taladas sin piedad, y en su lugar surgieron ricos pastizales que alternaban con los cultivos. Pero el latifundio subsistía. Solo a principios de este siglo la propiedad rural se fue haciendo minifundista”. Actualmente la Hacienda pertenece a la señora Fernanda Mora de Piñeros, ubicada en la vereda de San Fernando a 500 mts del casco urbano, aun guarda algo de su estructura original, a pesar de las reformas como son las habitaciones ubicadas en el segundo piso (utilizadas por los dueños), en el primer piso se halla algunas habitaciones para almacenamiento de productos y de herramientas, una de las habitaciones la mantienen bajo llave, se cree que en tiempos pasados fue utilizado como celda de castigo para los esclavos por no cumplir con la obliga (forma de pagar el arrendamiento), en la que constaba de que un arrendatario le dejaban un terreno para que construyera, y en lugar de pagarle con dinero le pagaba trabajándole una semana gratis, bien trabajada, el patrono se iba a caballo, llevando comida en las alforjas, botella de Whisky vigilaba que trabajaran bien de lo contrario eran castigados doblándoles la obliga, de tal manera que no había forma de pagarles nunca, pues después de arreglar la tierra los mandaban para otro lado a seguir trabajándoles".

También se encuentra la cocina que es bastante amplia donde se puede encontrar un horno para hacer amasijos, adorote un canasto donde se colgaban los quesos y las cuajadas en la mitad se halla el patio empedrado. Dicha casa esta construida en ángulo recto de 18 metros por un costado, 12 metros por el otro, y cuenta aproximadamente con 7 fanegadas, pues el resto ha sido vendido.


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